lunes, 16 de mayo de 2011

Calakmul

Sacando una elegante tarántula Brachypelma vagans de su enorme nido construido
bajo un tronco caído y cubierto de suave seda hasta el vestíbulo, escucho uno de
tantos sonidos escalofriantemente bellos que tiene la selva de Calakmul -dentro
del reino de la Cabeza de Serpiente- producido por el macho de la tropa de monos
aulladores que grita justo encima de mi cabeza con un terrible sonido gutural
que se puede escuchar a kilómetros de distancia.

Volteo hacia arriba y veo cómo en las enormes ramas de un viejo árbol sabio de
este lugar tan mágico, hay agitación en el pequeño grupo de monos saraguatos
porque se preparan para pasar la noche con la incertidumbre de ignorar si van a
ver el sol el siguiente día. Se agitan las ramas de un árbol cercano y como un
circo que se anuncia al llegar a un alejado pueblo para solaz de sus habitantes
se balancean con increíble facilidad y gran valor una tropa de monos-araña. Con
acrobáticos saltos y cara de niños traviesos cruzan cerca de los tranquilos
monos saraguatos.

Camino un poco y encuentro en el suelo un rastro conocido: un pequeño espacio
sin hojas en medio de la hojarasca, a un lado, el material faltante. Me inclino
para confirmar y el intenso olor me indica que la noche anterior un jaguar marcó
uno de los límites de su territorio en esa zona. El paisaje a mi alrededor es
inquietante y a la vez magnífico. Una alfombra de hojas de todas las tonalidades
de colores otoñales, cubre el suelo y descubre sus formas como un vestido ceñido
al cuerpo de una mujer. En donde había agua hace algunos meses -depósitos
temporales de agua aquí conocidos como "aguadas"-, se ve solamente el espacio
vacío. Raíces y troncos que antes estuvieron bajo el vital líquido ahora asoman
sin pudor alguno sus cortezas marchitas y retorcidas. Aspiro el sensual olor de
las hojas húmedas. Un sonido llama mi atención y al voltear observo una
serpiente escurrirse por entre la hojarasca, la persigo hasta conseguir
capturarla, al tenerla en mis manos confirmo que se trata de una petatilla o
Drimobius margaritiferus y admiro el hermoso patrón de sus escamas y por el cual
recibe tal nombre.

Habiéndola liberado regreso a la contemplación del tétrico paisaje. El
sotobosque es escaso debido a que los árboles jóvenes no crecen aquí ya que la
sombra de sus enormes antepasados no deja que reciban la luz del sol. Las
dolinas -hundimientos- dominan el paisaje y los eternos mosquitos aunados al
ejército de tábanos me recuerdan que este paraíso es también escenario de la
vida en todas sus formas incluso las que hacen que se torne en momentos en un
infierno. Me tengo que marchar de ese paraje tan enigmático.

Antes de irnos, escalo por una vieja torre de observación de treinta metros de
alto. La precaria escalera se bambolea mientras asciendo y de repente, al llegar
a su oxidada cima me convierto en un gigante y las miles de hectáreas de selva
que me rodean se vuelven una uniforme alfombra verde. Veo cómo avanza una gran
tormenta desde el horizonte hacia mí. Tengo poco tiempo antes de convertirme en
el pararrayos principal de esta selva, así que instalo la cuerda, me coloco el
arnés y desciendo por la cuerda mientras me sumerjo de nuevo en la espesura
verde.

Subo de nuevo y me detengo un momento a escuchar la sinfonía más hermosa de mi
vida: mientras los tambores de la tormenta al fondo sirven de base rítmica las
millones de cigarras me dan un tono tan ordenado que asombra. Las aves del
crepúsculo dan la melodía y las voces principales, mientras que el tenor
saraguato ocasionalmente me deja oír su estruendosa garganta. Es tiempo de
marchar.

Al manejar por los cuarenta kilómetros que aún nos faltan para llegar a la
antigua ciudad antagónica de la gran Tikal: Calakmul, la lluvia hace su
aparición. El tubo de vegetación por la que nos desplazamos se torna borroso por
la intensidad del agua cayendo. Las curvas se suceden una tras otra y el sonido
es tan intenso que hay que gritar para ser escuchado. De repente un remanso en
la tormenta permite salir a unos pavos ocelados que en su carrera loca frente a
la camioneta parecen en verdad los herederos de los dinosaurios, hasta que se
cansan de correr y comienzan un vuelo corto pero vigoroso hasta una rama en
donde se posan para descansar. Cruzan nuestro camino una pareja de tucanes y
varios Momotos con su cola en forma de péndulo y sus hermosos colores.

Llegamos a las ruinas... nos instalamos. Camino en la noche hacia la zona
arqueológica... al entrar en una plaza, la cantidad de estelas y enormes
estructuras me hacen empequeñecer y remitirme a tiempos muy muy lejanos, mi
corazón palpita y casi puedo escuchar los tambores de una ceremonia a la luz de
las hogueras y el olor mistico del copal. El sonido de las ranas inunda el
ambiente. La noche es perfecta, frente a mí, la masiva estructura II con sus
máscarones zoomorfos mirando hacia el rumbo de las obsidianas cortantes, y
proyectando su sombra gracias a la luna llena que nos cobija esta noche. Subo
por los milenarios escalones hasta llegar a la cumbre, el viento amigo me roza
el rostro y de nuevo soy un gigante con mi cesped de selva. Saludo a los cinco
rumbos y doy gracias a la magia por esta vida tan bella.

Más tarde, al paladear un buen café y a la luz del fogón el "coyote" -Don
Demetrio- nos cuenta las historias sobre su infancia en la región de los
chicleros. Es increíble como no quedó un solo árbol de zapote -Manilcara
zapota-en la selva maya que no hubiera sido aprovechado por un intrépido
chiclero en búsqueda de el oro de la selva. Nos cuenta cómo veía a cientos de
chicleros y las interminables recuas de mulas en campamentos en donde se
arriesgaba la vida a diario ya fuera por mordida de nauyaca, error al chiclear y
cortar la cuerda por un mal tajo con el machete a 30 metros del suelo, por riñas
internas, por el piquete de la mosca chiclera vector del terrible protozoario
Leishmania y muchas cosas más.

Con la mirada perdida por un viaje al ricón de los recuerdos de su mente,
Demetrio nos explica como si él mismo lo estuviera haciendo en ese mismo lugar
todo el proceso de la extracción de chicle desde la búsqueda del árbol hasta el
grabado de la marqueta -un como ladrillo de chicle de medida estandarizada-. Las
palomillas revolotean alrededor de la luz y caen para luego levantarse y
dirigirse a esa extraña fuente luminosa como poseídas por un afán brujo.

Duermo...

El aroma a tierra mojada me despierta y escucho de nuevo la sinfonía de la
selva pero esta vez en otro movimiento que yo llamaría Allegro amanecer
selvatti. Don Demetrio me enseña a trepar por un gran árbol con unos picos que
van amarrados a los pies llamados puyas mismas que se usan para chiclear y en mi
primer intento subo a unos 10 metros de una guaya. Acostumbrado a la seguridad y
confort de el equipo de espeleología, me siento indefenso a esa altura con las
puyas clavadas al tronco y una soga alrededor del mismo deteniendo mi cuerpo.
Finalmente la experiencia es increíble y Don Demetrio amablemente me dice que he
sido buen alumno.

Por la tarde vamos por la selva y Don Demetrio nos enseña los nombres comunes y
científicos de cada uno de los árboles y nos explica características de los
mismos. Nos untamos un poco de la savia del Chechén para ver que nos hace. Me
salen puntitos negros en la piel y se torna rojo el sitio donde tocó la savia.
Finalmente tenemos que regresar al mundo humano, en verdad que yo prefiero el
mundo de la selva pero tengo que hacer acto de presencia de vez en cuando con
los de mi especie.

Hoy, frente a este monitor, con el cuerpo herido por decenas de garrapatas,
moscos, tábanos, hormigas, termitas y chechén, del que por cierto me sangró, me
siento muy contento de que el mundo tenga siempre tantas sorpresas.

Chibebo


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En toda mi vida alguien me susurraba al oído:
vive, Vive, VIVE!!!
Era la Muerte.

domingo, 15 de mayo de 2011

Entrañables amigos

Amigos entrañables

Mi cuerpo está cansado pero alerta, estoy terminando de armar mi mochila para la exploración de un cañón en Veracruz: 1420m de desnivel, 11 Km. en horizontal, unos 5 días metidos en las venas de la Tierra...

Con unas cuantas horas "libres" quería compartirles un poco de lo que ha sido la Vida para mi los últimos tiempos, los cuales han sido muy intensos. Más allá de una narración estructurada, temo que este mensaje sea casi un telegrama, pues las emociones han sido muchas.

Tomo un sorbo de café y recuerdo...

Noche de estrellas, fogata y clase de constelaciones. Machito de las Flores, curioso nombre para un poblado. Charlando con los amigos, estamos dispuestos a explorar un cañón la mañana siguiente. Guerrero es el Estado y la subida a la Sierra es interminable. Ramón con añoranza y alegría nos comparte sus experiencias en la zona hace 20 años.



Un señor con su mula nos encuentra y nos advierte: "No se vayan por ahí, ya no hay salida", asentimos y le comentamos que estamos preparados. El descenso es entre cañadas y tiros. Risas e historias, nos llevan de la mano a través de un bello paisaje. Finalmente llegamos a un balneario donde la gente nos mira como si fuéramos extraterrestres. El regreso largo, se hizo corto por la plática amena.

Pasan los días...

Suspendido de una cuerda, bajo lentamente "para disfrutar más" 80 metros hacia el fondo de el sótano de Popoca. Con su cascada cayendo bajo los grandes árboles de la selva, es para mi uno de los más bellos. David, quién siempre da ánimo y confianza ya está abajo. Al llegar rompo en gritos de euforia y le agradezco que sea mi amigo.

Como por impulso, cada año nos reunimos en ese mágico sitio para compartir vida y amistad. Decenas de personajes como sacados de los cuentos, departimos y nos regocijamos. Espeleólogos, montañistas y demás bailamos al son de una rocola en medio de la Sierra de Zongolica, hacemos concursos, acampamos y bebemos hasta el mareo sin control. La montaña nos acoge de nuevo y Lorenzo y Paty nos reciben en su casa, preguntan por los que no vinieron y nos actualizamos en noticias. "El año no ha sido bueno, pero que gusto verlos de nuevo aquí". Viejos rostros se entremezclan con el metálico llamado de la oropéndola y la nube de brisa que sale del sótano nos vuelve a dejar sin aliento invitándonos de nuevo a bajar a sus entrañas.

Otro sorbo de café y cambio de escenario...

Un avión de papel flotando larguísimos minutos suspendido en el aire sobre un valle, un espectáculo maravilloso de paz y elegancia. El orgulloso ingeniero, Alan de seis años y mirada avispada observa. Cerca de él está la materia prima de su obra: hojas arrancadas del libro Español, lecturas de tercer grado.

En la Sierra Negra de Puebla, uno de tantos rincones olvidados del país, pasamos excelentes aventuras con amigos de Bélgica, explorando cuevas hermosas y territorios de ensueño. 11 días entre las nubes nos hablaron sobre la pobreza, el valor, la muerte, la soledad, la amistad y el espectáculo irrepetible de una sonrisa sincera. Noches de frío donde una de las posesiones más entrañables eran un par de calcetas secas para dormir, eran tan solo la vanguardia del amanecer entre camaradas sencillos y valientes.

El rostro agrietado de Richard, se mezcla en mi mente con el olor a café, las ocurrencias de Francoise, los helechos arborescentes, la cara de espanto cuando Doña Beatríz se nos murió en la camioneta de redilas camino al hospital, el lodo en las botas, el sonido del agua como niños jugando dentro de la cueva, el desenfado de Beluga y los consejos del Gus.

Un poco más de café que quedan 2 horas para partir...

Caminos sinuosos de interminables terracerías en la Sierra Negra dieron paso en un par de días al paisaje seco de la frontera entre Zacatecas y Jalisco donde Fulvio Eccardi nos mostró que cuando se quieren hacer las cosas no existe barrera infranqueable. Paciente, develó ante mí una realidad compleja humana y natural que gira entorno a un ave majestuosa y emblemática: El Águila Real.

Emociones no faltaron, llegar de madrugada y sin luz a la orilla de un barranco desconocido para nosotros, bajar por una delgada cuerda y caminar entre ramas y espinas para entrar con sigilo a un escondite pequeño donde pasaríamos las siguientes 12 horas. Pero los dolores de espalda, el desvelo, el calor y el frío, fueron recompensados al mirar a un silencioso fantasma deslizarse por el aire para remontar el vuelo hacia el sol.

Campesinos inconformes pero de mirada sincera y sonrisa franca, místicos artistas que vencen a la roca para hacer su obra y naturalistas incansables como héroes, eran la parte humana de un mundo de bosque y selva, pastizales y cielo, donde veloces venados, mefíticos zorrillos, olorosas hierbas, arañas gigantes, coyotes, maderas de rojo encendido, ardillas juguetonas, pumas, cuervos y fúnebres zopilotes, viven y sobreviven.

Como un abrir y cerrar de ojos…

Pasó apenas un día cuando ya estábamos en camino de regreso a la Sierra Negra, esta vez para explorar un cañón.

En esta ocasión, la naturaleza se nos presentó en forma de gigantescos liquidámbares, altísimas paredes y un salto de agua que al caer sobre vegetación prehistórica llenaban el paisaje enmarcado por un "Puente de Dios" sobre nuestras cabezas. Solo faltaban los pterodáctilos...

Cuatro días sin ver a otro humano más que nosotros, nos enseñaron que un salto pequeño puede ser muy peligroso, que perder la cuerda es perderlo casi todo en el cañón y que debemos ser humildes y sinceros frente a la naturaleza.

Después de casi tres horas de caminata en una pronunciada pendiente y cargando mochilas de 24 kilos, volteamos a ver el imponente cañón mientras la Sierra bajaba el telón de niebla, terminando la función... por ahora.

Dentro de un par de semanas regresaremos a concluir la exploración de este mágico lugar dónde las luciérnagas realizan una danza nocturna al pie de majestuosos árboles que orgullosos y sin conocer al humano se yerguen a mitad del río…

Dos días de fiesta fueron el preámbulo de mi regreso a las grutas de Tolantongo, esta vez con muchos humanos a mi alrededor, de los cuales pudimos escapar al retraernos en nuestra mente y limitarnos al goce de la roca lisa dentro de la gruta, al vapor caliente y a la infinidad de chorros de agua que dan paso al corazón de la Tierra.

Allí donde el dinero ya tiene valor, las montañas nos siguen demostrando que somos ínfimos seres y los "viejitos" nos ven con sus espinas desde sus puestos en la sierra.

Apenas hace algunas horas llegué y pude platicar un poco con los míos y dentro de 2 horas salgo de nuevo con los amigos a una aventura en la naturaleza.

Gracias por leer hasta aquí, espero haber sido justo con cada lugar.

Un abrazo y buen camino.

Chibebo
Roberto Rojo

668...
El vecino del diablo